AL VUELO

by / Comentarios desactivados en AL VUELO / 10 View / abril 24, 2017

Por: Pegaso

No me lo van a creer, pero estaba yo durmiendo tranquilamente allá, en mi cumulonimbus favorito, cuando a eso de las dos de la mañana, del sábado, pasaditas, se empezaron a escuchar balazos, chirridos de llantas, corretizas, soponcios y mentadas de mother.

Como eso no es nada nuevo en Reynosa, me volví a tapar y me quedé dormido hasta muy entrada la mañana.  Después de un vuelo de reconocimiento me di cuenta que no fue una balacera cualquiera, sino que superó con mucho las anteriores:  Casas y negocios quemados, decenas de automóviles particulares y camiones repartidores.  Reynosa amaneció como si fuera una ciudad en guerra de Siria, Jordania, Irak o Afganistán.

Dejaré el tema de la inseguridad para el próximo miércoles. Prometo que ahí daré una explicación seria de por qué la violencia campea por todo el país y qué debería hacer Peña Nieto para que vuelva todo a la normalidad, si es que alguna vez hubo normalidad en México.

Mejor vámonos a temas más ligeros.

Resulta que en el chat de WhatsApp empezó otra guerra.  Una guerra de discusiones en torno al uso o no de palabras altisonantes, groserías, majaderías, leperadas, palabrotas, chabacanerías o maldiciones.

Yo insistía en que debíamos tener respeto para las damas que participan en Pegaso, pero algunos compañeritos pensaban que se trataba de una forma de restringir su libertad de expresión.

Pegaso se ha distinguido por ser un grupo de lo más plural y variopinto, pero todos, o casi todos sus participantes casi siempre utilizan términos correctos, lo que en cierta manera me dio la razón.

Por eso, cuando una persona empezó a decir dicterios a diestra y siniestra, le pedí de favor que se abstuviera de utilizar tan florido lenguaje, precisamente por atención a las damitas que leen todos los días nuestras ocurrencias, opiniones, noticias y comentarios.

Pragmático como soy, no me escandalizo cuando escucho o digo alguna palabrota.  Es más, disfruto de las jocosas presentaciones de comediantes como Polo Polo, Jo-Jo-Jorge Falcón y muchos otros más.

Me fascina La Chabelita que llega con el padre Otero a decirle que Fulanito la obligó a tocarle el órgano, o a los Mascabrothers cuando el personaje de Igor le hace “colofox” a una bella actricita.

Recién estaba viendo a un nuevo exponente de la ahora llamada “Stand Up Comedy” o comedia de pie, llamado Ese Wey.

Si a ustedes les divierte Jo-Jo-Jorge Falcón cuando se enmaraña el pelo y pone cara de orate, Ese Wey los hará cagarse de risa.

“Cuando un tartamundo hace popó, ¿está susurrando?”,-pregunta, y el público suelta sonora carcajada.

Alex Marín y Kall, el nombre verdadero de este personaje, está más loco que una cabra.  Les recomiendo que vean sus videos si alguna vez quieren tener una sana catarsis, como recomienda mi buen amigo Mukti Aatmaón Budha, alias Rigo Salazar.

Decir majaderías es tolerado y hasta aceptado en las circunstancias y lugares adecuados.

No siempre vamos a ir por el mundo maldiciendo a los demás, y todo depende de las circunstancias.

Hay estudios serios, por supuesto, que mencionan el efecto positivo de decir malas palabras en ciertas ocasiones, como cuando te machucas un dedo con el martillo o cuando estás sometido a un elevado nivel de estrés.

Entonces, una buena majadería ayuda al organismo a secretar seratonina y otros neurotransmisores que mitigan el malestar.

Por otro lado, está una condición mórbida conocida como Síndrome de Tourette, donde los pacientes manifiestan un deseo irrefrenable, compulsivo, de decir majaderías.

Algunas religiones, como los Testigos de Jehová expresan, al condenar el uso de las malas palabras:  “Tu forma de hablar revela lo que hay en tu corazón.  Ser mal hablado demuestra que no te importan los sentimientos de los demás”.

El diario cubano Granma advierte de la expansión en el uso de malas palabras no sólo entre adultos, sino entre jóvenes y niños.

“Su empleo frecuente y arbitrario da idea de vulgaridad y mala educación, porque las malas palabras son el quehacer diario entre la población ya no sólo la más joven, esto se ha extendido en otras capas”,-señala.

Pero eso es en Cuba.

En México la situación es más grave y enfermiza.

Yo he podido escuchar al menos dos veces en la calle cómo las jovencitas se expresan cuando bromean con sus compañeritos de juego.

Iban por la calle dos escolapios como de ocho o nueve años, una muchachita y un chaval.  Éste último le hizo una travesura a la niña y esta contestó:  “¡Te voy a agarrar a miembrazos!” (Nótese cómo utilizo el término culterano en vez de usar la expresión vulgar que utilizó la pava).

Más recientemente, escuché a una adolescente de secundaria platicar con dos amigos de la misma edad: “¡Te me vas mucho al miembro viril!”.

Son palabras que nunca pensamos que podían decir nuestras inocentes y candorosas princesitas, pero el hecho ahí está.

Como tampoco nos imaginamos jamás que podríamos ver en video a una escolapia haciéndole un baile privado a un compañero de clases.

No. No está mal decir malas palabras, cuando la ocasión lo amerita.  Aquí mismo las he escrito porque mi alter ego es un personaje irreverente, locochón y atravesado que no se escandaliza con ese tipo de expresiones.

Cuando a Chabela Vargas le preguntaron por qué decía que era mexicana, si nació en República Dominicana, respondió bien encabronada: “Los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana”.

Por eso, aquí los dejo con el refrán estilo Pegaso que dice: “¡Auto viejo en mal estado y retorna a ustedes!”. (¡Carcacha y se les retacha!)