AL VUELO

by / Comentarios desactivados en AL VUELO / 14 View / enero 31, 2019

-Margarito

Por: Pegaso​

Sí, ahí está Margarito.​

  Dentro de la pista de baile de La Quebradita, se confunde con una multitud de individuos que se contonean al ritmo de los acordes de un grupo de música tropical.​

La dama que lo acompaña es un mujerón de casi un metro con ochenta centímetros, rotunda de caderas y senos, bella aún, a pesar de que su edad ronda ya en los cuarenta años.​

Margarito vive para el baile.​

Por la mañana y tarde es un cumplido agente vial, que acata las órdenes de sus superiores y nunca abandona su crucero, a menos-claro está-que el cuerpo se lo pida.​

De vez en vez le cae algún incauto y logra obtener un ingreso extra. Por la noche, ya con unos cientos de “varos” en el bolsillo, se dirige a La Quebradita, donde ya lo esperan sus compañeros de farra.​

Todas las noches sigue el mismo ritual: Llega religiosamente a las nueve de la noche, busca con la mirada a su acompañante y la invita a sentarse en una mesa.​

Le retira un poco la silla y ella deposita sus ebúrneos encantos sobre el frío asiento de metal que hace un sonido característico, como quejándose por todo el peso que se le viene encima.​

El grupo empieza a tocar una melodía tropicalona, sabrosa, de mucho ritmo y Margarito se levanta. Tiende la mano hacia su acompañante y esta le responde el gesto, desdoblando su kilométrico cuerpo.​

Ya en la pista, Margarito no tiene igual y es un maestro para ejecutar las increíbles evoluciones que exige una buena cumbia.​

Toma de la cintura a su pareja, le da vueltas como trompo chillador, la suelta y vuelven a juntarse.​

La endiablada velocidad que imprime a sus pies, en completa sincronía con los sonidos musicales causan asombro entre los concurrentes y son la envidia de los otros bailadores.​

Le hacen rueda y empiezan a aplaudir cuando aquel virtuoso de la pista da su cátedra de baile.​

Luego de un rato, regresa a la mesa. Pide un clamato bien cargado y saluda efusivamente a los que van llegando, la mayoría conocidos.​

Uno de los recién llegados lo ve con recelo porque la última vez Margarito le aplicó un multón del ocho.​

-Ni modo, te pasaste un alto y además, traes aliento alcohólico,-le dijo en esa ocasión.​

Sin un cinco en la bolsa para mocharse, el sujeto tuvo que recibir la boleta de infracción y pagar más tarde en la Delegación la exorbitante cantidad de 545 pesos.​

Sin inmutarse por las miradas asesinas que le lanza el parroquiano, Margarito sigue con su diario ritual.​

Solicita al diligente mesero una margarita para Karla-que así se llama la mujer- y este ni tardo ni perezoso le arrima una copa grande con un líquido amarillo traslúcido, acompañado con un popote y una servilleta de papel.​

En las cartulinas que están pegadas sobre las paredes se anuncian las delicias de Baco y las exquisitas botanas, un verdadero regalo para el paladar: Coronita, 15 pesos; Carta, 12 pesos; Clamato, 25 pesos.​

Son precios populares, la entrada es gratis y el grupo es bueno. ¿Qué más puede pedir la raza trabajadora?​

Margarito se siente en su ambiente.​

Toca nuevamente el grupo, ahora una rola a ritmo de salsa y vuelve a solicitar a la dama que lo acompañe a la pista.​

Son las dos de la mañana y como siempre, Margarito se despide.​

Sobre la pista quedan todavía algunos bailadores y en las mesas los parroquianos empiezan a tambalearse y a hacer bizcos bajo el influjo de las bebidas espirituosas.​

Llega a su casa, ubicada en la colonia Del Valle, mete la llave en la cerradura y le da varias vueltas.​

Se introduce sin hacer ruido.​

Se quita los zapatos y los acomoda a un lado de la silla.​

En la cama, su esposa se mueve sin despertarse y Margarito duerme el sueño de los justos.​

Al mediodía se levanta cuando ya su esposa hizo el almuerzo y realizó algunos quehaceres del hogar.​

Sus tres hijos adolescentes se han ido a la escuela y él tiene que reportarse a la Delegación para seguir con su diaria rutina, en aquel crucero de la ciudad.​

-¡Pobre Margarito!-acostumbra quejarse su esposa en reuniones con sus amigas. ¡Tanto que trabaja y tan poco dinero que gana!​