Victoria y Anexas

by / Comentarios desactivados en Victoria y Anexas / 10 View / marzo 24, 2017

por Ambrocio López Gutiérrez

 -AMANDA ERA LA MEJOR-

Durante años viajé al sur de Tamaulipas con mucha frecuencia, ya fuera por trabajo, por vacaciones o por simple fuga geográfica personal pues el puerto seductor atrae a las personas de todas las edades por el bullicio y por su vida nocturna que le ganó el mote de “la segunda Nueva York” porque a toda hora llega y sale gente, además siempre hay urgencia por descargar los barcos que se estacionan al final de la calle como dice poéticamente “El Lobo Feroz”. Acompañado generalmente por fotógrafos y/o camarógrafos fui cliente asiduo de Mariscos Don Luis, establecimiento gastronómico ubicado a un lado de la autopista, entre Altamira y Tampico, donde servían gigantescas sopas o pescados fritos cuyas colas y cabezas se salían del plato que era adornado con abundante ensalada.

Los almuerzos se hacían en el Elite, El Emir o en el restaurante del emblemático Hotel Inglaterra, aunque con frecuencia desayunábamos gratis en los eventos que nos tocaba cubrir ya que en el oficio abundaba la comida y me tocó la época en que empresarios y funcionarios se esmeraban en que no faltara alimento pues circulaban dichos inventados por la misma gente del gremio en el sentido de que “un periodista o muere de hambre o de una hartada”. Otro afirmaba: “los periodistas son como los chinos, son un chingo y muertos de hambre”, aunque personalmente prefiero argumentar que casi todos los mexicanos heredamos el hambre acumulada de nuestros pobres ancestros a quienes sí les tocaron tiempos verdaderamente difíciles que están documentados en la historia nacional.

Pero, luego del trabajo, aparte de saciar el hambre, nos daba mucha sed y buscábamos bares y cantinas donde hubiera líquido suficiente, de esos que abundan en el puerto para todos los presupuestos y, “ya picados de coralillo”, nos encaminábamos entusiasmados a donde hubiera música pegajosa y mujeres siempre dispuestas a comportarse como magníficas anfitrionas ya que lo mismo nos invitaban a pasar que nos traían el primer trago. Es más, tomaban con nosotros y se quedaban a veces hasta la madrugada escuchando nuestras hazañas personales y profesionales, todo a cambio de un modesto estipendio que generalmente se liquidaba en efectivo, de lo contrario, un grupo de hombres enérgicos nos podían invitar a salir del honorable establecimiento.

En uno de esos paraísos tampiqueños, de cuyo nombre no logro acordarme, conocí a una de las mujeres más hermosas de las que tengo memoria y le pregunté a uno de los fortachones que estaban cerca sobre la posibilidad de que aquella belleza acudiera a nuestra mesa y el tipo, acariciando la posibilidad de incrementar el monto de su hipotética propina, me respondió: -luego se nota que usted tiene buen gusto porque, sin duda, Amanda es la mejor de todas las damas que acuden a este lugar- y se dirigió dando grandes zancadas hacia la barra donde se secreteó con la mujer de pelo negro que le cubría toda la espalda. Cuando ella se acercó quedé asombrado por el enorme parecido físico con su tocaya argentina (Amanda Miguel) de quien he sido entusiasta admirador durante varias décadas.

No tengo ninguna obligación de explicar aquí porqué me hice fanático de la esposa de Diego Verdaguer, es más, si creen que soy pueril los entiendo y los disculpo, pero creo un deber elemental apuntar que, todos los reclamos que nos hacen las mujeres por nuestra retorcida conducta, son justificados y las letras de las canciones que interpreta la sudamericana están llenas de quejas hacia los hombres; es impresionante oírla exclamar: “Él no era bueno…él me mintió…él me dijo que me amaba y no era verdad…quisiera morirme”. También destaca en este terreno la española Rocío Jurado que erizaba la piel cuando cantaba “por qué no dices nada cuando estamos juntos en el coche; por qué no dices nada cuando hacemos el amor alguna noche” y luego remataba: “por qué no me preguntas si estoy bien”.

Pero volvamos con la Amanda tampiqueña y que debo decir que desde que nos conocimos en aquel “puticlub” quedé impresionado por su belleza física pero también de su voz aterciopelada y del respeto que mostraba hacia mis amigos y hacia mi humilde persona lo cual me motivó a permanecer muchas horas más en el establecimiento, pagar una abultada cuenta, dar una generosa propina al mesero y al fortachón que cuidaba a las chicas y luego al hotel a dormir solo pero feliz. Al regresar a Victoria cumplía con responsabilidad todas mis tareas reporteriles con la certeza en que el día menos pensado me enviarían de nuevo a Tampico o a Madero a cubrir algún acontecimiento popular y/o institucional que me serviría de pretexto perfecto para buscar a la hermosa mujer del pelo negro.

A la segunda o tercera vez que me encontré con Amanda me puse egoísta, caprichoso y vanidoso; me armé de valor y la invité a la playa Miramar donde veríamos las estrellas a la media noche. Para mi alegría, ella aceptó gustosa acompañarme y me pidió discretamente que agradeciera con un billete al encargado del centro de entretenimiento que tan generosamente le daría permiso de salir por varias horas, así que exprimí mi billetera, pagué también el consumo, me disculpé con mis compañeros de chamba y salimos a la calle tampiqueña disfrutando de la brisa nocturna, vimos borrachos durmiendo la mona en las banquetas y nos encontramos con un escandaloso grupo de marineros asiáticos que disfrutaban en tierra la parranda antes de hacerse a la mar.

Recuerdo que paramos en Madero, cerca de la plaza Isauro Alfaro, para cenar en un pequeño restaurante, luego nos dirigimos a la playa, estacionamos el coche y nos sentamos en las poltronas que a esa hora eran gratis y consumimos charlando las cervezas que habíamos comprado en Tampico. Nos contamos las versiones sintetizadas de nuestras respectivas vidas y luego dormimos varias horas en la fresca arena para despertar con los primeros rayos del sol cuando Amanda me apuraba para que la llevara a su casa que estaba ubicada por el rumbo de la Avenida Hidalgo, donde ahora se encuentra la llamada Capital del Cine, de donde se ve impresionante el hotel Posada de Tampico, una de las más preciosas posesiones de Don Álvaro Garza Cantú.

Amanda me contaba su vida salpicada de anécdotas de la vida nocturna del puerto y una de las charlas que más me impresionó fue cuando me aseguró que fue testigo de la agresión que sufrió un músico muy conocido en la región cuando tocaba en un centro etílico de cierta categoría a donde ella había acudido invitada por un amigo de la clase alta. Recordaba cómo llegó un hombre evidentemente tomado o drogado, acompañado de una veintena de guardaespaldas y varios meseros acudieron a atenderlo ya que tenía fama de ser derrochador en sus francachelas; luego de ordenar sus bebidas, el sujeto aquel le pidió al músico que interpretara su canción preferida pero, lamentablemente, el pianista no la tenía en el repertorio y así se lo hizo saber pero el influyente montó en cólera, sacó una pistola y, con la cacha, le golpeó en las manos dejándolo incapacitado de por vida.

En otra de nuestras excursiones a la playa, esta vez frente a unas Coronas bien heladas que nos sirvieron en una de las palapas que cerraban tarde, me contó de las incursiones nocturnas que hacía un líder gremial muy poderoso que despilfarraba las cuotas de sus representados en centros de diversión de mediana calidad donde disfrutaba mucho sin tocar a las damas a quienes sólo les pedía que se quitaran las blusas y los sostenes. El hombre pagaba por ver, era muy generoso y le gustaba acompañarse de funcionarios de todos los niveles quienes le festejaban todo lo que hacía (o lo que no hacía) porque la mayoría le debían el puesto donde habían acrecentado sus respectivas fortunas.

Debo puntualizar que cada encuentro con mi amiga porteña se dio cuando ya había consumido buenas dosis de licor y/o cerveza; aquí sólo les comparto algunas de las cosas que recuerdo porque a veces, cuando yo le platicaba a mis compañeros de trabajo sobre el tema, se ponían  morbosos, querían más detalles sobre las charlas pero yo los frenaba diciendo que nuestros encuentros eran solo de camaradas, que ambos disfrutábamos de nuestra compañía y que, todo indicaba, que tendríamos una amistad duradera. Por diferentes razones tardé años sin buscarla y, cuando se presentó la oportunidad, regresé al “puticlub” donde reinaba y pregunté al de la caja, a los meseros, a los atletas que cuidaban la entrada y a las mujeres muy maquilladas que ejercían ahí su noble oficio, pero nadie me supo dar razón de mi camarada Amanda, sin embargo, no me vencí a la primera y volví a la honorable “emborrachaduría”, indagué en los bares vecinos y nada; era demasiado para ser verdad; es posible que me la haya inventado para mis borracheras solitarias.

Correo: amlogtz@prodigy.net.mx