VICTORIA Y ANEXAS

by / Comentarios desactivados en VICTORIA Y ANEXAS / 20 View / abril 18, 2014

Por: Ambrocio López Gutiérrez

“EL SUEÑO DEL PATRIARCA”

Gabriel García Márquez, nacido en Colombia en 1927, es el escritor más célebre que ha dado el tercer mundo y el mayor exponente de una corriente literaria, el denominado realismo mágico, que ha cobrado un asombroso vigor en otros países y ha cosechado adeptos entre los novelistas que escriben sobre ellos, como es el caso de Salman Rushdie, por citar sólo un ejemplo obvio; GGM tal vez sea el novelista latinoamericano más admirado en el mundo entero, así como quizás el más representativo de todos los tiempos de toda América Latina; e incluso en el primer mundo que conforman Europa y Estados Unidos; en una época en la que cuesta encontrar grandes escritores reconocidos universalmente, su prestigio durante las cuatro últimas décadas no ha conocido rival.

Gerald Martin, uno de sus más célebres biógrafos, sostiene que en realidad, si tomamos en consideración a los novelistas del siglo XX, descubrimos que la mayor parte de los grandes nombres sobre los que la crítica actualmente coincide llegan hasta los años cincuenta (Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Woolf ); pero en la segunda mitad del siglo, quizá el único escritor que ha cosechado verdadera unanimidad haya sido GGM; su obra maestra, Cien años de soledad, publicada en 1967, apareció en el vértice de la transición entre la novela de la modernidad y la novela de la posmodernidad, y acaso sea la única publicada entre 1950 y 2000 que haya encontrado tal número de lectores entusiastas en prácticamente todos los países y culturas del mundo; probablemente no sea excesivo considerarla la primera novela verdaderamente global.

También en otros sentidos es GGM un caso excepcional; es un escritor serio y no obstante popular -en la estela de Dickens, Víctor Hugo o Hemingway-, que vende millones de ejemplares de sus libros y cuya celebridad no va muy a la zaga de la de deportistas, músicos o estrellas de cine; en 1982 fue el ganador del Premio Nobel de Literatura, y uno de los más conocidos en tiempos recientes; en América Latina, una región que no ha vuelto a ser la misma desde que se inventara la pequeña comunidad de Macondo, todo el mundo lo conoce por su apodo, Gabo, al igual que ocurría con el Charlie del cine mudo o con el futbolista Pelé; a pesar de ser una de las cuatro o cinco personalidades más destacadas del siglo XX en su continente, nació como suele decirse, en medio de ninguna parte, en un pueblo de menos de diez mil habitantes, la mayoría analfabetos, de calles sin asfaltar, carente de alcantarillado: Aracataca, también conocido como Macondo.

Los escritores que nos fascinaron en la juventud siempre corren el riesgo de defraudarnos en la madurez; no es el caso de GGM, que soporta el paso del tiempo con la imperturbabilidad de los clásicos; esa cualidad solo aparece cuando una obra trasciende su época y nos proporciona las claves para interpretar nuestro presente; se tiende a destacar las innovaciones estéticas de Gabo, uno de los autores esenciales del “boom” de la literatura latinoamericana y uno de los máximos exponentes del “realismo mágico”, pero la fórmula que cristalizó en Cien años de soledad (1967) y que ya se había esbozado en cuentos y novelas breves (La hojarasca, 1955; El coronel no tiene quien le escriba, 1961; La mala hora, 1962; Los funerales de la Mamá Grande, 1962), no brota de la nada, sino de una síntesis apasionada de los orbes narrativos de Faulkner, Joyce, Hemingway, Malcolm Lowry y Juan Rulfo; Carpentier, Lezama Lima y el Valle-Inclán de Tirano Banderas le enseñaron a combinar el barroquismo con lo mágico y lo prodigioso.

Según el periodista español Rafael Narbona, GGM nunca ha ocultado su deuda con Rulfo, que le mostró la importancia de lo mítico y lo telúrico en un continente, donde la racionalidad europea no ha logrado borrar un imaginario popular reacio a establecer fronteras entre lo real y lo posible; Hemingway no resultó menos influyente, pues le enseñó a imprimir fluidez y agilidad en el relato, neutralizando los excesos retóricos; Faulkner le proporcionó la idea de construir un territorio ficticio, pero con la fuerza simbólica de un cosmos; Macondo no es un universo alternativo, sino una recreación del mundo.

Nicolás Ricardo Márquez y Tranquilina Iguarán criaron a su nieto durante los primeros años de su vida y sus arrasadoras personalidades marcarían su existencia y obra; el coronel, con sus dotes narrativas, sus irrenunciables posiciones políticas y su desbordante vitalidad, y la abuela Mina, con su natural imbricación de lo extraordinario en la realidad cotidiana, en el sinfín de innumerables historias que desmadejaba; la hija de ambos, Luisa Santiaga Márquez, había parido a Gabriel el 6 de marzo de 1927, tras acabar por sucumbir al inclemente galanteo al que Gabriel Eligio García, telegrafista de Aracataca, le sometió; poco después del alumbramiento, el joven matrimonio tuvo que partir a Barranquilla dejando a su retoño al cuidado de los abuelos.

Según un texto de Daniel Arjona, aquellos fueron años de penurias, eternos, en los que GGM se fajó en todo tipo de empleos miserables, empeñó sus manuscritos y, en alguna ocasión, tuvo que pedir fiado al dueño del prostíbulo donde malvivía; en 1948 lo encontramos de nuevo en la capital colombiana; los disturbios del Bogotazo hacen saltar las costuras del país y reducen a cenizas la pensión en la que duerme un estudiante ya incompleto, que nunca colgaría título alguno en el salón sin por ello dejar de recibir doctorados honoris causa de las mejores universidades del planeta; nos hallamos a tres pasos de la fama, del acmé; faltan una mujer, Mercedes Barcha, amor de la niñez con quien Gabo se casa en 1958, una mudanza, a México, en 1961 y una novela, y no cualquiera; 1967 es el año cero de una nueva era literaria: nos esperan Cien años de soledad

Nadie había hipnotizado así a sus lectores, cartografiado un mundo tan antiguo en el que las cosas aún no tenían nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo, poblado de gitanos que conservan un pedazo de hielo en la inacabable selva sólo para convertir en escritores a niños perdidos, de pueblos extraños con nombre de árbol, de bellas tan bellas que levitan, de trenes cargados de cadáveres, de lluvia infinita; en tres años las copias sumaban tres millones; en 1982, el premio Nobel y el boom, esa extraordinaria serie de coincidencias que puso a Latinoamérica al frente de la literatura mundial.

Cientos de medios impresos y digitales de Europa y América han dado cuenta del fallecimiento del patriarca de la literatura latinoamericana pues el niño que conoció el hielo de la mano de su abuelo, el joven reportero que se hizo escritor, el genio que fue capaz de ser confidente de Fidel Castro y de regalarle un libro autografiado a William Clinton, se encuentra ya disfrutando del sueño eterno, tal vez rodeado de miles de mariposas amarillas como las que precedían a Mauricio Babilonia.

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